De ti aprendí
que el duro oficio de ser
mujer
no está en
las vidrieras de cartel,
si no en el alma
del azulejo que a diario
compartí.
En tus senos
eduqué mis malas costumbres
de hábito
y de tu mano
leí sabios proverbios de
consejos.
Cuando al alba
desplegaste la mañana en tus
párpados/
Andaba mi ignorante mueca de
calma
tras las columnas coloridas
de tus nardos/
Tras mi nuca,
siempre tu lado ausente.
Tras mi cráneo
tu mirar de frente y
siempre delante de mi pelvis
tu ardor de mujer
coloreando su uña de esmalte
y tu vena de santa madre
acariciando mi dermis/
De ti aprendí...
Que “LA MUJER”
no es un ornato florido del
varón,
ni naipe donde reposa el rey
su baraja de cartón,
sino tu espíritu de corazones/
Inope destino del que se ha
ido
fortúnio mío
que he contemplado tus
sazones/
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