Salía de un inmenso cemento de
nombre hospital/
Había transitado el signo del coma,
mi cuerpo como descapotada calesa
entre los metales de una móvil silla
de cuatro ruedas avejentadas
bajando el mosaico del umbral/
Entonces creía que el cariño de la
mano
había sepultado su rencor del hijo
desconocido
que mis ojos frustrados
buscaban en cada plaza de tres años
inaugurada/
Quise narrarte a tus dobles oídos
el dolor de mis prados en la
espalda,
el retumbar de mi mente estrellada,
el aguijón que en mis pies hizo
morada,
el cielo del blanco yeso
y mi vigilia de cama anclada/
Sin mas espera que tu llegada me
pregunté?...
¿Vendré aquí en regreso a renovar
el sentido del antifaz de la muerte
conocida?
¿Del otro lado de la reja
estarán sus pies de raíces
iluminadas?
Obtuve la paciencia del atrasado
reloj
pero mi latido ya sonaba a muelle
abandonado/
Fue entonces que te bajé de la
colosal montaña azul
y regresé tu estatua de trapo al
inestable mosaico de los mortales/
Fuiste llama que encendía mis
hogares,
pero entre los fuertes vientos me
arrojaste
como un pabilo de cera apagado/
Olvidé tus dos copas de frente.
Olvidé tu palabra con semblante y
Olvidé el deleite de tu ojo
encontrado/
El tiempo trajo su nueva suplencia
en un rumor de súbito paso,
una azarosa emergencia de encuentro/
¡Una flor!...
Una flor que no se partía contra mis
muros
ni olía a tus jardines olvidados/
Una flor que mi mundo ignoraba/
Un nombre que tu voz desconocía/
Venia de lejos...
De...
Nunca pregunté su origen de alhelíes
ni su rumbo de esparcida violeta/
Le conté a un solo oído mi fractura
encolumnada,
ella estableció en su cuello
la flexible sonrisa del girasol y
apoyó su verde cabeza de espiga
acariciada/
Yo estaba erguido de aspecto
como maizales rectos elaborando su
fruto,
mi interior llevaba la maca de la
uva maltratada/
Era el canto tísico de la sustancia
sajada
cubierto de parches pelosos sin
sonido/
Ella traía sus propios golpes
con música a flamenco llorado
y los nuevos hilos negros
en su pelo a clavel de odio
olvidado/
En sus manos azules traía la marea
compartida,
su uña fuerte partía la calada
manzana
y en un infinitivo sin
despedida
estableció sus potencias en mi corazón aliviado/
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