El ardor del verano se pega a tus labios,
el tibio rocío del Ecuador mojo tu piel en su rumbo.
Al alba, los montes se alisaron. Cúspides bellas y chatas.
Una estrella hirió al sol con una flecha de esperanto.
La luna que nos vio juntos sonrió. Se enamoro del momento,
Acuno en su seno al despertar de futuros amantes.
Tu mano se alarga elástica hacia mi rostro,
y al cenit, las aguas del mundo
se congelaron.
El bote de náufragos voraces
vira rumbo a tu amor de epopeya.
En su ruta me blandió el pasto de tu tierra virgen y colosal.
El metal en mis venas de copa se
fundió en el crisol de los ahogados.
Los maderos a la deriva, anclaron en puerto firme.
En mis mordidos labios, la lengua ardiente se consumió. En la hoguera
del fuego, de la pira a la ceniza, la lejanía me deglutió el amor.
Mi deseo de sobreviviente se pronuncio por dentro.
Las varas del corazón al alma y a la sed se me cruzaron.
Supe que para renacer, necesito tus suspiros, para respirar,
tu aliento en besos. Para morir, el eclipse de tu voz entrecortada.
¡ Oh, nostalgia de los recuerdos, lejanía de la distancia ¡
No me dejes Mujer. Sin el aliento de tu ternura.
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