Dichoso de envida el hierro
sin nervio sensitivo,
la roca y su mineral
anestesiado,
dueña de la dureza
sin párpados para el llanto/
¿Quién le ha preguntado al
corazón por su dolor?
¿Que sabe el yunque del dolor de la
carne.
Ni la
sombra del espanto del alma magullada?
El nervio oculta su negro
abismo
de serrucho tras el humo del
camino,
mientras la vida sigue su
paso fúnebre
se va suicidando a la tumba
del ladrillo
ignorando las agujas del
sendero.
De los rojos brezos
transformados
a los olores ciegos del
asaro,
como dos columnas de
coléricas flores/
Sus pies arrastran la helada
valija
del equipado sepulcro y
no basta el rumbo cierto del
orden
en la catástrofe sensitiva/
como persistente sádico
baja su martillo al nervio
dolorido
y se pronuncia con voz fatal
en el clamor ajeno,
bajo gélidas sabanas.
Aun en cicatrices hurañas.
Brazos fortalecidos muerde,
arrojando yunques sobre
hombros
de cúpula roída.
Tiene sordos oídos sin
conexiones
y en los campos del luto,
el nervio es amo absoluto.
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