¡AY. Hermano mío!
Como
pudieron atarte a la cruz
si tu Padre nunca te hubo abandonado
ni aún del Dante sus últimos peldaños y
te ha revivido en letras hasta Juana de
Ibarbourou.
Te flagelaron las atrocidades en una lavada indiferente
de manos
en el afluente del agua caída en lágrimas
dónde se enjugó Pilatos.
Si una ultima piedra no fue arrojada a la
prostituta
fue por tu palabra de lengua ecléctica e
indulta.
¡AY Hermano mío!
Como
amaste hasta al enemigo.
Las máculas bélicas del hombre te dolieron
como espinas
clavadas en tu carne de espigas,
sangraban tus discípulos en los maderos del
pan
cuando vieron verter tu intestino de amigo.
Esta Semana Santa trasciende tu flagelo
evocando la marca de tus estigmas,
no es efímero momento
pronunciar sagradas misas
en nombre de tus palabras de lecciones
dignas.
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